jueves, 30 de mayo de 2013

[Relato LibrosVeo] Für Elise

Una vez más de madrugada Rosalía vuelve a despertarse. Escucha los acordes pegadizos de “Für Elise” que surgen de su cajita musical, la que guarda en el cuarto de sus padres. En camisón y zapatillas desde el pasillo puede ver que la puerta está entreabierta y no se vislumbra que dentro de la habitación haya ninguna luz encendida. Manando de la oscuridad de la estancia, la música se expande por el resto de la casa como un humo de nostalgia. De nuevo su madre debe estar escuchando la canción de la cajita, conjetura enfadada. Por mucho que mi madre esté mayor, considera Rosalía, no son horas de estar escuchando musiquitas.
La casa está impecablemente limpia y ordenada. No en vano Rosalía desempolva a diario los muebles, pasa la aspiradora sobre cada alfombra, friega el baño y la cocina, ordena la ropa y los cacharros… “Limpiar la casa me relaja” suele confesar en público, pero en realidad sabe que es obsesiva compulsiva y no puede soportar ningún desorden. Antes de avanzar hacia el cuarto de sus padres, coloca en posición perfectamente vertical una reproducción de los girasoles de Van Gogh que compró en Ikea.
Rosalía conoce de memoria cada detalle de su cajita musical. El precioso dibujo con motivos japoneses grabado en la madera de las caras laterales. El espejo en el reverso de la tapa. La diminuta bailarina, tutú blanco y cinta en el pelo, que gira sobre sí misma al compás de la música cuando la cajita se abre. El forro interior de un suave terciopelo color vino tinto.
El juguete es un regalo que le hizo su madre pero, en realidad, a Rosalía nunca le ha gustado. No hace más que confirmar lo que ella piensa: los juguetes que los padres regalan a sus hijos son el eco que redobla el desengaño de sus frustraciones. Como el futbolista frustrado que regala a su hijo un balón de fútbol. O el pintor fallido, una caja de pinturas. O la mujer que soñó con bailar en el Ballet Nacional, que le regala a su hija una cajita musical con bailarina. El caso es que la mayoría de las veces ha sido su madre la que ha abierto la cajita para accionar el mecanismo y escuchar la canción. “Für Elise” forma parte de la banda sonora de la vida de su madre, más que de la suya.
Al llegar a la puerta de la habitación de sus padres, Rosalía se detiene. La oscuridad y las notas de la bagatela de Beethoven deslizándose hasta la rendija de la puerta a esas horas de la madrugada la intimidan un poco. Intenta escuchar algún ruido extraño en el interior del dormitorio de sus padres. Nada. Sólo la música y su propia respiración algo cargada. Al afinar el oído en el vasto silencio de la noche le parece escuchar los latidos de su propio corazón acelerado. El último mes ha estado especialmente nerviosa.
Rosalía acaba de prejubilarse y aprovecha que tiene más tiempo para sí misma haciendo lo que siempre soñó: estudia para sacarse el graduado. Apenas lleva un mes y le está costando acostumbrarse a las miradas curiosas de los estudiantes jovencitos, tomar apuntes a toda velocidad y ejercitar su más que oxidada memoria. Se matriculó en la escuela para sentirse activa, importante y joven pero hasta el momento sólo se está sintiendo torpe y consumida.
Pulsa el interruptor de la luz de la habitación y, al encenderse la lámpara del techo, la música de Beethoven se desvanece de repente. La habitación de sus padres aparece en perfecto estado de revista, igual que el resto de la casa. La cama hecha y la colcha sin una sola arruga. En la pared de la cabecera una foto en blanco y negro de la boda de sus padres. El armario de madera revela un barnizado perfecto y el espejo de la cómoda resplandeciente refleja la lámpara de cristal traslúcido colgando del techo y el rostro receloso de Rosalía junto a la puerta.
Ni rastro de su madre ni de su cajita musical. No puede ser, no las veo pero la música me ha despertado, se repite a sí misma. Al contemplar la foto de boda de sus padres cae en la cuenta de que estaba buscando a su madre escuchando la cajita musical. Pero su madre hace tiempo que no está. Rosalía hace memoria. Su padre murió muy joven y desde entonces siempre ha vivido con su madre. Sin embargo, ella también murió hace 3 años. Con todo, esta es la cuarta vez en los últimos meses que se sorprende a sí misma buscándola por los rincones de la casa. Apaga la luz del cuarto de sus padres. Mientras regresa a su habitación piensa que quizás sería bueno que el médico le aumentara la dosis de medicación. Ha leído en internet que el stress puede acelerar la pérdida irremediable de memoria.

miércoles, 26 de septiembre de 2012


Poesía, déjame tranquilo,

vete a robarle a otro sus horas de descanso,
por favor, déjame ocuparme del euribor,
cédeme horas para el facebook,
deja de alzarme por las nubes
para que pueda vivir a ras de tierra,
permíteme ajustarme a lo tangible,
quítale a cualquier otro el almanaque,
a mí déjame tiempo para el fútbol,
déjame dejarte a un lado,
poesía,
           déjame,
                        vete con otros,
vete con tus dioses o tus musas,
y a mí déjame alejarme de lo bello.

Poesía, me robas todo,
el tiempo, el capital, la champions league
y que poquito das a cambio:
un bloc de notas,
la tinta del alma salpicando los papeles,
el repertorio de ocurrencias
o un accésit de un certamen de provincias.

Poesía, vuelve a tus libros,
regresa a Neruda y sus discípulos,
vuelve al Parnaso de los doctos,
¿no ves el daño que me haces?
abandóname,
sal de mis sesos,
aléjate de las cosas de mi casa,
lárgate al edén de la armonía,
y a mí déjame hacer las cuentas
para que no me engañen los del banco,
deja de venderme diccionarios,
déjate de encajes y ribetes,
devuélveme de una vez la línea recta,
deja de acrecentar las entradas de mis sienes
y dame la entrada para un piso,
o sal de mí,
                  garrapata pegajosa,
                                                   arma
cargada de un futuro que me inmola.

  

domingo, 16 de septiembre de 2012



“Pesimismo compulsivo”
escribió en negrita mi psiquiatra
al final de las diez hojas de su informe.
Y se quedó corto,
—no con las diez hojas, con lo de pesimismo—
debería haber escrito pesimismísimo.

lunes, 13 de agosto de 2012

Conducir una poética




Un hombre trepa a un pedestal de lodo,

una vela alumbra las yemas de unos dedos,

en un prado nevado hay una sola huella,

de los árboles caen hojas Din-a-cuatro,

ríos de tinta atraviesan el valle de la luz,

una cárcel de oro custodia un esqueleto,

las manecillas del reloj se caen de espanto,

en el arcén se indica la salida a Cincinnati,

sobre el asfalto diluvian letras ele,

una mujer hermosa sale de una mina,

un editor se estrella con su be-eme-uve.


¿Te gusta escribir?

martes, 30 de agosto de 2011

Caducado

como los yogures del asilo,
como un Sinclair Spectrum,
como Garcilaso de la Vega,
como las ideas de Carlitos,
los elepés de vinilo, Charlot,
o la edad del porvenir
que nunca vino.

Caducado sin más,
fuera de fecha,
pretérito,
las chicas del Eroski
me retiran de la estantería,
no sea que alguien se confunda
y se envenene.

lunes, 25 de agosto de 2008

Donde dije digo

Donde dije digo...
donde dije amor, digo mora
-fruto silvestre, oscuro, carnoso
de cierto sabor agridulce-,
donde dije como en un paraíso de ternura
digo para eso me como una ternera,
donde dije pienso en ti,
debía estar pensando en otra cosa,
donde dije mimosa, digo mi morsa,
-no por nada, por los dientes-,
donde dije me embriagas,
adivina con que prenda te estaba imaginando,
donde dije la cueva de tus ingles
digo your cave, o sea tu cueva en inglés,
donde dije alondra eres
digo atolondrada estás
donde dije breva, higo chumbo,
donde dije voy a amarte
digo a Marte voy para no verte,
donde dije portento de mujer
digo muge, por tanto,
donde dije cariño ni yo me lo creo,
donde dije laydi vampiresa
digo ahí va la pirada esa,
donde dije te quiero
digo quiero té
con pastas,
que son las cinco de la tarde.

lunes, 18 de agosto de 2008

Podría

Podría escribir los versos más tristes esta noche...
...
pues eso,
podría.